Archivos para Abril 2008

El exosistema.

Hoy continuando con la teoría de la Psicología Ecológica hablaremos del “exosistema”.

Una responsabilidad destacada en todo esto tienen los medios de comunicación. Éstos nos ponen en contacto casi permanente con la violencia, con la que existe en nuestra sociedad, y con la que se crea de forma virtual imaginaria. Es quizás pos eso por lo que son considerados con frecuencia como una de las principales causas que origina la violencia en los niños y jóvenes. Estudios científicos en torno al tema, permiten extraer algunas conclusiones : Los comportamientos y actitudes que los niños observan en la televisión, tanto positivo (la solidaridad, la tolerancia…), como de tipo negativo (la violencia…), influyen en los comportamientos que manifiestan inmediatamente después. En esos comportamientos se detecta una tendencia significativa a imitar lo que acaban de visionar.

Los modelos televisados son tan eficaces para atraer la atención, que los espectadores aprenden muchas cosas sin ni siquiera necesidad de otros incentivos; ver violencia puede ser una de las causas de las conductas agresivas en los niños (Bandura, 1975; Liebert y Sprafkin, 1988; Carlson, Marcus-Newhall y Miller, 1989; Bushman y Geen, 1990; Bandura, Grusec y Menlove, 1996); ¿pero hasta qué punto influye la televisión en los niños y adolescentes en el aprendizaje de la violencia ?. La respuesta a esta pregunta, tal y como ponen de manifiesto Leon, Cantero y Gómez, (1997), ha suscitado entre diferentes investigadores una cierta “controversia”. Ciertamente, a partir de la teoría del Aprendizaje Social de Bandura (1977), se presupone que si niños y adolescentes observan enormes cantidades de violencia en la trelevisión aprenderán y ejecutarán con gran facilidad comportamientos violentos (Liebert, Neale y Davidson, 1976; Clemente y Vidal, 1994; Borrego y Younis, 1995). Por otro lado, diversas investigaciones (Turner et al., 1986; Eron, 1987; Comstock y Strasburger, 1990; Viemero y Paajanen, 1992; Geen, 1994), hallaron que cuanto más violento es el contenido de los programas que el niño ve en la televisión, más agresivo es el niño en sus comportamientos ( Eron, 1963; Singer y Singer, 1981). Esto también fué confirmado en estudios transculturales por Eron (1982) y por Huesmann y Eron (1986).

Pero el hecho de que estos estudios no permitan establecer con claridad relaciones causales, (debido a que quizás la preferencia por este tipo de programas violentos puede deberse al efecto de otros factores, como son el sexo, tener una baja inteligencia, tener problemas emocionales y de conducta, que exista una actitud permisiva o favorable de los padres para con este tipo de programas de caracter violento, el nivel socioeconómico familiar, las normas sociales, etc.), ha propiciado revisiones (Aragó, 1979; Vilches, 1993), y también la realización de diseños longitudinales (Huesmann y Miller, 1994), y procedimientos estadísticos como el análisis de regresión (Walker y Morley, 1991) o la técnica de correlación parcial (Eron y Hesmann, 1985; Harris, 1992; Vooijs y Vander Voort, 1992; Wiegman, Kuttschreuter y Baarda, 1992). A partir de ellos se concluye que los factores citados condicionan las preferencias de los programas de televisión, lo que puede tener un efecto indirecto sobre la agresividad infantil. Al ponerse en este caso el centro en el contexto del expectador, estos estudios subrayan que los efectos directos de la televisión son limitados (McGuire, 1986; Freedman, 1988; Gadow y Sprafkin, 1993), pues la televisión, como otros medios de comunicación de masas forma parte de un contexto social que genera en la audiencia ciertas expectativas que a su vez influyen en la selección de los programas (Lagerspetz, 1989; Vilches, 1993).

A pesar de ésto, desde la perspectiva del modelo experimentalista, en la medida que se controla la influencia de los factores citados, se piensa que la programación de televisión es determinante del comportamiento en primer grado (Bayatzis, Matillo y Nesbitt, 1995). Reflexión a su vez congruente, con la evidencia experimental acumulada que asocia sin ambigüedad, el ver representaciones violentas en televisión con la conducta agresiva de los telespectadores y con la mayor tolerancia de éstos para con la agresividad en la vida real (Molitor y Hirsch, 1994). Y de ello, Bandura y col. (1996) y Geen y Thomas (1986) ofrecen tres posibles explicaciones :

1. Los estados emocionales pasajeros del expectador pueden hacer que éste se vuelva más o menos influenciable. Es decir, el contenido violento en sí mismo no sería el causante de la agresividad, sino que la causa sería la activación producida por la acción excitante que suele acompañar a este (Dunand, Berkowitz y Leyens, 1984; Zillmann, 1989).

2. Ver violencia desinhibe la conducta agresiva del espectador y activa pensamientos relacionados con la violencia (Josephson, 1987; Bushman y Geen, 1990).

3. Imitamos lo que vemos (Musitu y Medina, 1981).

Además, la influencia de la televisión a largo plazo, se hace patente en las relaciones que el niño establece. A partir de ellas interpreta todo lo que le rodea, incluyendo lo que ve en la televisión. Huesmann y Miller (1994), al revisar estudios longitudinales realizados en los últimos 25 años, concluyen que el visionar modelos violentos puede ejercer efectos a largo plazo a través de una serie de procesos inherentes al aprendizaje observacional, como la organización cognitiva del observador y la estructura de las interacciones humanas.

En definitiva, la repetida exposición a la violencia a través de los medios de comunicación, puede producir una cierta habituación con el consiguiente riesgo que de ello se deriva de considerar la violencia como algo normal, inevitable, reduciéndose así la empatía con las victimas de esa violencia. Goldstein (1999), señala tres grandes efectos negativos de la televisión en la conducta violenta. Por un lado en el agresor se incrementa la imitación de las conductas violentas y se incrementa la violencia dirigida; por otro, en las víctimas, se incrementa el temor y la desconfianza a convertirse precisamente en eso, en “víctimas”, incrementándose la búsqueda de autoprotección; y en los expectadores se produce un incremento y despreocupación por hechos de violencia que contemplan o conocen, elevándose la frialdad ante estos hechos. Nebreda y Perales (1998), se preguntan en qué medida la violencia juega un papel trascendental en la constitución identitaria de los jóvenes, imagen conformada de forma muy significativa mediante los contenidos televisivos. Piensan estos autores que lo malo de la violencia en TV no es solamente el que se muestra como algo eficaz para resolver conflictos, sino que infravalora el poder de la solidaridad para oponerse al mal, excluyendo cualquier alternativa.

Tras lo expuesto, puede afirmarse sin ninguna duda que la televisión ejerce sobre el niño y el adolescente su influencia, dependiendo no solo de los contenidos violentos, sino también de las características de éste y de su contexto sociocultural, luego es muy posible, ( tal y como afirman a partir de un estudio Leon, Cantero y Gómez, 1997), que el niño sea más vulnerable a los efectos de la violencia en la televisión, si su familia y otros agentes de socialización tienen una débil influencia sobre él. Lo dejamos ya por hoy. Otro día hablaré del “Macrosistema“.

Saludos y hasta pronto.

El mesosistema

Hablamos de Mesosistema cuando nos referimos a las interrelaciones (en su conjunto) de más de un entorno en los que participa el individuo (familia/colegio; trabajo/vida social).

Si nos referimos además de al microsistema familiar, al microsistema escolar, hemos de reseñar que los estudios realizados sobre la violencia en la escuela, a la que se ha denominado con el término ingles “bullying”, derivado de “bull” -matón-, reflejan que ésta se produce con una frecuencia bastante superior a la que cabría esperar. Parece que a lo largo de su vida escolar todos los alumnos podrían verse dañados por este problema, como observadores pasivos, como víctimas, o como agresores.

Como sucede con cualquier otra forma de violencia, la intimidación y victimización que se produce en la escuela puede dañar a todas las personas que conviven en ella. En la víctima produce miedo y rechazo al contexto en que se sufre esa violencia, con pérdida de confianza en sí mismo y en los demás; ello acarrea casi siempre problemas de rendimiento académico, baja autoestima, angustia, etc.

En el agresor aumentan los problemas que le llevaron a abusar de su fuerza, porque disminuye su capacidad para la empatía, principal motor de la competencia socioemocional, reforzándose un estilo violento de interacción que representa un grave problema para su propio desarrollo al obstaculizarse el establecimiento de relaciones positivas con el entorno que le rodea.

En las personas que no participan directamente de la violencia pero conviven con ella sin hacer nada para evitarla, si bien en menor grado, también puede producir problemas parecidos a los que se producen en la víctima o en el agresor (reducción de empatía, miedo a poder ser víctima de agresiones similares). Contribuyen así a que aumente la falta de sensibilidad, a que aumente la apatía, a que aumente la insolidaridad respecto a los problemas de los demás, y todas estas cosas, aumentan sin ninguna duda el riesgo de que en un futuro se conviertan en protagonistas directos de esa violencia que fingen no ver.

Por todo ello, según el Informe Elton (en Cowie y Olafsson, 2000), el clima o atmósfera del centro escolar puede ser crucial en el proceso de cambiar conductas antisociales, ya que esta atmósfera puede sancionar claramente las conductas bullying o violentas, solicitar un papel de defensa más activo de los compañeros expectadores de episodios violentos, y fomentar valores prosociales entre los alumnos del centro.

Al contrario, en centros en los que los episodios de violencia no son sancionados, y ni siquiera evaluados, puede existir sobre los alumnos observadores de la violencia una presión que no solo les impida intervenir aun sintiendo simpatía por la víctima, sino que pueden llegar a desensibilizarse ante el sufrimiento de los demás (Safran y Safran, 1985).

Además, la violencia influye muy negativamente en el contexto en el que se produce porque reduce la calidad de vida de las personas, dificulta el logro de la mayoría de los objetivos, y hace que aumenten los problemas y tensiones que la provocaron, activando un proceso de espiral escalonada de gravísimas consecuencias.

Bueno, Lo dejamos por hoy. Otro día hablaré del Exosistema.

Saludos y hasta pronto.


 

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